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19jun13


La ofensiva gubernamental en Siria y el consiguiente avispero


El estampido de las balas y el acre olor de la trilita que marcan el viraje de los combates en Siria a favor del presidente Bashar Al Assad han tenido el efecto de agitar el avispero en el Levante, y más allá.

Hasta los días previos a la toma de la ciudad occidental de Qusayr, donde los grupos irregulares armados desde el extranjero tenían un santuario vital, las pasiones estaban contenidas y las gestiones pacificadoras, basadas en el desequilibrio en el terreno, marchaban a paso razonable.

Pero esa situación ha cambiado tras una nueva realidad en los teatros de operaciones, propulsada por la entrada en combate de las huestes del Hizbola (Partido de Dios, árabe) la milicia armada libanesa notoria por su combatividad.

La toma de Qusayr disparó las alarmas en varios países árabes del Golfo Pérsico, los cuales movilizaron sus influencias para evitar una catástrofe de los irregulares y su aniquilación.

Un eco claro en ese respecto fue la ruptura de relaciones diplomáticas decretada por el presidente egipcio, Mohamed Morsi, en un acto público de apoyo a los antigubernamentales sirios en un estadio bajo techo en esta capital.

Una descripción lapidaria, por jocosa, provino de un miembro de la oposición, quien dijo que, por primera vez en la historia, alguien había "declarado la guerra en un estadio de fútbol".

La intempestiva decisión de Morsi fue adjudicada a razones de política interna y de conveniencia dadas por las condiciones de la economía egipcia, apuntalada por préstamos y depósitos multimillonarios de los países petroleros de la Península Arábiga que patrocinan a los grupos armados en Siria.

El gesto llamó la atención porque el mandatario egipcio, tras una visita a Rusia en abril pasado, moderó sus posturas sobre el conflicto sirio y manifestó la intención de contribuir a una solución negociada de la crisis desde una perspectiva más equilibrada.

Desde la Península Arábiga, asimismo, menudearon las críticas a las consecuencias de la ofensiva en varias zonas sirias, las mismas que existían antes, pero ahora en un escenario adverso a sus intereses, lo que implicó la adopción de medidas urgentes sobre el suministro a los irregulares, cuya materialización está en entredicho.

En sentido contrario a la radicalización de las monarquías de la península Arábiga, resultó significativo el cuidado con que Jordania realizó las maniobras militares conjuntas con Estados Unidos Eager Lion, cuyo inicio a principios de mes causó aprensiones por la posibilidad de que podrían anunciar una intervención militar directa en Siria.

Si la intención existió alguna vez, fue neutralizada por errores crasos de los grupos armados, en su mayoría de filiación islamista extrema, pero, sobre todo, por la firme postura de Rusia, cuyas autoridades han reiterado que no permitirán la repetición de lo ocurrido en Libia en 2011 y, ocho años antes, en Irak.

Desde el principio de la crisis siria, Moscú, acompañado por China, se ha opuesto de manera constante a los esfuerzos de los tres restantes miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, para adoptar resoluciones que darían ventaja a los opositores.

Para Rusia, la caída de Al Assad implicaría una situación favorable a los intereses de las potencias occidentales y sus aliados árabes que, a corto plazo, significaría abandonar una zona que constituye uno de sus flancos y la sede del único puerto amigo en el Mediterráneo para su armada.

En ese contexto, se inserta la postura inmutable de Irán: contribución a una salida negociada basada en el respeto a los principios de no injerencia y a la soberanía siria, y negativa a aceptar demandas maximalistas, en particular la salida de la escena del presidente Al Assad.

Para Europa, con una mayor proximidad geográfica al escenario del conflicto, el momento es más complejo ya que su respaldo a los antigubernamentales sirios contradice sus alegaciones de lucha contra el terrorismo, argumentadas por Francia, un actor protagónico en el continente, para enviar unidades militares a Malí.

La dinámica de ese cuadro ejerció un influjo innegable en la Cumbre de los países miembros del G-8, los cuales se pronunciaron por el inicio de conversaciones de paz para Siria "lo antes posible", marcadas también por la impronta de Moscu.

"Si firmamos contratos de ventas de armas con Siria, los cumpliremos", declaró el presidente ruso, Vladimir Putin, un enunciado sutil, pero inequívoco de que, esta vez, la historia no se repetirá.

[Fuente: Por Moises Saab, Prensa Latina, El Cairo, 19jun13]

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